domingo, 1 de mayo de 2016

Madre Mía

"Madre no hay más que una”. Eso suele decirse. Es una frase hecha. Se le presupone toda suerte de bondades y buenas intenciones. A la única madre, sí. De lo que no estoy tan segura es de que todos lo crean así. Multitud de niños perdidos ( el que no sepa a qué tipo de chiquillos me refiero puede hallarlos como protagonistas en la última novela de John Irving) pensarán bien distinto. Quizás con una coma después de “madre” y añadiendo la palabra “oportunidad”, quizás el menos rencoroso o lastimado de entre todos ellos, y sólo quizás, podría considerarla aceptable. Posiblemente. Pero qué más da. Ellos no están para análisis de frasecitas nuestras. Qué les importará a ellos el lenguaje de nosotros, los afortunados. Todo su mundo nada tiene que ver con el nuestro, cómo iba a ser distinto con el lenguaje. No pocas veces escuché a alguien muy cercano a mí, cuando el tema de la fortuna salía a relucir, que la única suerte era la de la cuna. El momento decisivo, tu nacimiento. A todos nos alcanza ese convencimiento de que, en lo esencial, en ese momento las cartas están echadas. Salvémosnos de juzgar a ninguna madre. Por supuesto. Y tengamos en cuenta que nadie, por su condición de sexo que nadie le dio a elegir por cierto, gusta de constituirse sin remedio en la única oportunidad de nadie. A veces, supongo, esas madres sean niñas perdidas algo crecidas.
 Alberto Moravia escribió dos novelas, dos delicias, en las que aparecen sendas madres bien distintas. Una obsesionada con preservar la “ virtud” de su hija, que en tiempos de guerra resulta arduo hasta el imposible. La otra, por el contrario, dispuesta a entregarla ( la virtud de su hija) a cambio de procurarse una vida cómoda. “ La campesina” y “ La romana”. La madre da título a la primera ( de la que podemos ver una adaptación al cine titulada Dos mujeres), la hija, a la segunda. Ambas escritas en primera persona. En la campesina es la madre la que relata los hechos. En la romana es la hija la que cuenta. Sorprende que un escritor alcance como lo hace, magistralmente, el alma femenina.
 Curioso que ambas madres, ambos personajes, hilen toda la trama ejerciendo de madres en solitario, sin figura paterna. Toda la carga en ellas.



 Sólo me permito un pequeño desahogo ya para ultimar. Siempre me molestó profundamente. Hace pocos días, en televisión, en “Andalucía directo”, emitieron un pequeño reportaje en el que un periodista entrevistaba a unos padres muy apenados. Su hijo había sufrido un accidente grave, el conductor del vehículo causante se había dado a la fuga, luego …, en fin, el hijo estuvo en coma mucho tiempo y ahora, ya fuera de él, se encontraba con sus capacidades mermadas. El entrevistador saltaba del padre a la madre intercalando preguntas a medias contestadas por ambos y, de vez en cuando, atendía las preguntas simultáneas que desde el estudio de canal sur les hacía el presentador del programa. El estado de ánimo de la madre pasaba de largo hacía tiempo, al parecer, por el abatimiento, la desolación y la impotencia, y se movía en ese momento en los aledaños de la histeria y el agotamiento. Y no se le ocurre al presentador desde el estudio de canal sur que preguntarle a la pobre señora que si era el único hijo que tenían. Uff!! Voy a inhibirme de describir lo que sentí cuando, no por primera vez, oía esa velada presunción de que cualquier mal que le pase a un hijo único supone mayor dolor para sus padres que el causado por la desgracia de uno que tenga hermanos. En su caso, esta mujer( a pesar de estar desolada) tenía otros dos hijos. En fin, tras esta reflexión bien puedo terminar como empecé, con una frase para manejo y comprensión de los afortunados, “ Hijos no hay más que uno, uno y cada uno de ellos”.

Audio de " La romana"

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